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Presentamos un fragmento de La hierba de las noches, novela publicada por Anagrama en la que el escritor galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2014 nos invita a un intenso viaje por un París espectral. La ciudad se configura como una geografía interior, hecha de capas de tiempo que se confunden y entremezclan en esa evocación y búsqueda del tiempo perdido que hace Jean, el protagonista de la novela, escritor y tal vez álter ego del propio Modiano. Jean reconstruye en su escritura los fragmentos de su juventud, en los años sesenta, capturados en una libreta negra; abre una brecha en el tiempo y describe su deriva por la ciudad recordada, sigue el rastro de los ausentes e intenta resolver el misterio de un pasado lleno de interrogantes. Y traza una ruta, que oscila entre el hoy y el ayer, siguiendo la pista de una turbia historia de tintes policiales —en la que aparece un leitmotiv del universo modianesco, la exploración del pútrido territorio de la Ocupación— pero también el recuerdo de Dannie, un viejo amor.


Para Orson

Pues no lo soñé. A veces me sorprendo diciendo esta frase por la calle, como si oyese la voz de otro. Una voz sin matices. Nombres que me vuelven a la cabeza, algunos rostros, algunos detalles. Y nadie ya con quien hablar de ellos. Sí que deben de quedar dos o tres testigos que están todavía vivos. Pero seguramente se les habrá olvidado todo. Y, además, uno acaba por preguntarse si hubo de verdad testigos.

No, no lo soñé. La prueba es que tengo una libreta negra repleta de notas. En esta niebla, necesito palabras exactas y miro el diccionario. Nota: escrito breve que se hace para recordar algo. Las páginas de la libreta son una sucesión de nombres, de números de teléfono, de fechas de citas y también de textos cortos que a lo mejor tienen algo que ver con la literatura. Pero ¿en qué categoría hay que clasificarlos? ¿Diario íntimo? ¿Fragmentos de memoria? Y también cientos de anuncios por palabras copiados de los periódicos. Perros perdidos. Pisos amueblados. Demandas y ofertas de empleo. Videntes.

De entre todas esas notas, algunas tienen un eco mayor que otras. Sobre todo cuando nada altera el silencio. Hace mucho que no suena el teléfono. Ni nadie llamará a la puerta. Deben de creer que me he muerto. Está uno solo, atento, como si quisiera captar señales en morse que un interlocutor desconocido le envía desde muy lejos. Muchas señales llegan con interferencias y por mucho que afine uno el oído se pierden para siempre. Pero hay nombres que destacan con nitidez en el silencio y en la página blanca…

Dannie, Paul Chastagnier, Aghamouri, Duwelz, Gérard Marciano, “Georges”, el Unic Hôtel, calle de Le Montparnasse… Si no recuerdo mal, en ese barrio andaba yo siempre con la guardia alta. El otro día, pasé por casualidad. Noté una sensación muy rara. No la sensación de que hubiera pasado el tiempo, sino de que otro yo, un gemelo, rondaba por las inmediaciones; que no había envejecido y seguía viviendo en los mínimos detalles, y hasta el final de los tiempos, lo que viví aquí durante una temporada muy breve.

¿De qué dependía el malestar que notaba tiempo atrás? ¿Era por esas calles a la sombra de una estación y de un cementerio? De repente, me parecían anodinas. Había cambiado el color de las fachadas. Mucho más claras. Nada de particular. Una zona neutral. ¿Era realmente posible que un doble que hubiera dejado yo aquí siguiera repitiendo todos y cada uno de mis antiguos gestos y recorriendo mis antiguos itinerarios por toda la eternidad? No, aquí no quedaba ya nada de nosotros. El tiempo había arramblado con todo. El barrio era nuevo y lo habían saneado, como si lo hubieran vuelto a construir en el emplazamiento de un islote insalubre. Y aunque la mayoría de los edificios eran los mismos, le daban a uno la impresión de hallarse ante un perro disecado, un perro que hubiera sido de uno y al que hubiera querido cuando estaba vivo.

Ese domingo por la tarde, durante el paseo, intenté recordar qué ponía en la libreta negra, que lamentaba no llevar en el bolsillo. Horas a las que había quedado con Dannie. El número de teléfono del Unic Hôtel. Los nombres de las personas con quienes me encontraba allí. Chastagnier, Duwelz, Gérard Marciano. El número de teléfono de Aghamouri en el pabellón de Marruecos de la Ciudad Universitaria. Breves descripciones de diversas zonas de ese barrio que tenía el proyecto de titular “Los adentros de Montparnasse”, pero, treinta años después, descubrí que ese título lo había usado ya un tal Oser Warszawski.

Un domingo de octubre a media tarde me llevaron, pues, mis pasos a esa zona por la que otro día de la semana habría evitado pasar. No, no se trataba de una peregrinación de verdad. Pero los domingos, sobre todo a media tarde y si uno está solo, abren en el tiempo algo así como una brecha. Basta con colarse por ella. Un perro disecado al que uno quiso cuando estaba vivo. Cuando estaba pasando delante del edificio grande, blanco y beige sucio, el número 11 de la calle de Odessa —iba por la acera de enfrente, la de la derecha—, noté algo así como si saltase un muelle, esa clase de vértigo que le entra a uno precisamente cada vez que se abre una brecha en el tiempo. Me quedé quieto con la vista clavada en las paredes del edificio que rodeaban el patinillo. Allí era donde Paul Chastagnier aparcaba siempre el coche cuando vivía en una habitación del Unic Hôtel, en la calle de Le Montparnasse. Una noche, le pregunté por qué no dejaba el coche delante del hotel. Puso una sonrisa apurada y me contestó, encogiéndose de hombros: “Por precaución…”

Un Lancia rojo. Podía llamar la atención. Pero, entonces, si quería resultar invisible, ¿a quién se le ocurría escoger esa marca y ese color…? Luego me explicó que un amigo suyo vivía en ese edificio de la calle de Odessa y que le prestaba el coche a menudo. Sí, por eso lo dejaba aparcado allí.

“Por precaución…”, decía. Yo no había tardado en caer en la cuenta de que aquel hombre de alrededor de cuarenta años, moreno, siempre muy atildado, con trajes grises y abrigos azul marino, no tenía ninguna profesión concreta. En el Unic Hôtel lo oía hablar por teléfono, pero la pared era demasiado gruesa para que fuera posible seguir la conversación. Sólo me llegaba la voz, seria y a veces cortante. Silencios prolongados. Al tal Chastagnier lo había conocido en el Unic Hôtel al mismo tiempo que a otras cuantas personas con quien había coincidido en ese mismo establecimiento: Gérard Marciano, Duwelz, de cuyo nombre no me acuerdo… Con el tiempo, sus siluetas se han vuelto borrosas y sus voces inaudibles. Paul Chastagnier destaca con mayor precisión por los colores: pelo muy negro, abrigo azul marino, coche rojo. Supongo que pasó una temporada en la cárcel, como Duwelz y como Marciano. Era el de más edad y ya ha debido de morirse. Se levantaba tarde y quedaba con la gente a cierta distancia, hacia el sur, en esas zonas interiores que están alrededor de la antigua estación de mercancías cuyos nombres tradicionales también a mí me resultaban familiares: Falguière, Alleray e, incluso, algo más allá, la calle de Les Favorites… Cafés desiertos a los que me llevó a veces y donde creía seguramente que nadie podría localizarlo. Nunca me atreví a preguntarle si tenía una prohibición de residencia, aunque fue una idea que se me pasó a menudo por la cabeza. Pero, en tal caso, ¿por qué aparcaba el coche rojo delante de esos cafés? ¿No habría sido más prudente para él ir a pie y discretamente? Yo por entonces iba siempre andando por aquel barrio que estaban empezando a derruir, siguiendo las hileras de solares, de edificios pequeños de ventanas tapiadas y tramos de calles entre montones de escombros, como después de un bombardeo. Y aquel coche rojo allí aparcado, aquel olor a cuero, aquella mancha llamativa que resucita los recuerdos… ¿Los recuerdos? No. Aquel domingo a última hora de la tarde ya me estaba convenciendo de que el tiempo no se mueve y de que si de verdad me colase por la brecha me lo volvería a encontrar todo intacto. Y, más que cualquier otra cosa, ese coche rojo. Decidí ir andando hasta la calle de Vandamme. Había allí un café al que me había llevado Paul Chastagnier y donde la conversación se fue por derroteros más personales. Noté incluso que estaba a punto de hacerme confidencias. Me propuso, con medias palabras, que “trabajase” para él. Le di largas. No insistió. Yo era muy joven, pero muy desconfiado. Más adelante, volví a aquel café con Dannie.

Ese domingo era casi de noche cuando llegué a la avenida de Le Maine y fui siguiendo los edificios grandes y nuevos, por la acera de los pares. Formaban una fachada rectilínea. Ni una luz en las ventanas. No, no lo había soñado. La calle de Vandamme desembocaba en la avenida más o menos a esa altura, pero aquella tarde las fachadas eran lisas y compactas, sin el mínimo paso. No me quedaba más remedio que rendirme a la evidencia: la calle de Vandamme ya no existía.

Me metí por la puerta acristalada de uno de esos edificios, más o menos en el sitio en que entrábamos en la calle de Vandamme. Luz de tubos de neón. Un corredor largo y ancho que flanqueaban tabiques acristalados, tras los que había una sucesión de oficinas. A lo mejor quedaba un tramo de la calle de Vandamme, encerrado en esa mole de edificios nuevos. Al pensarlo, me entró una risa nerviosa. Seguía por el corredor de las puertas acristaladas. No veía el final y la luz de neón me hacía guiñar los ojos. Pensé que aquel corredor transcurría, sencillamente, por el antiguo trazado de la calle de Vandamme. Cerré los ojos. El café estaba al final de la calle, que prolongaba un callejón sin salida que se topaba con la pared de los talleres del ferrocarril. Paul Chastagnier aparcaba el coche rojo en el callejón sin salida, delante de la pared negra. Encima del café había un hotel, el hotel Perceval, porque así se llamaba una calle que también habían borrado del mapa los edificios nuevos. Lo tenía todo anotado en la libreta negra.

En los últimos tiempos, Dannie no se sentía ya muy a gusto que digamos en el Unic —como decía Chastagnier— y había tomado una habitación en el hotel Perceval. En adelante quería evitar a los demás, sin que yo supiera a quién en concreto: ¿Chastagnier? ¿Duwelz? ¿Gérard Marciano? Cuanto más lo pienso ahora más me parece que empecé a notarla preocupada a partir del día en que me llamó la atención la presencia de un hombre en el vestíbulo y detrás del mostrador de recepción, un hombre de quien me había dicho Chastagnier que era el gerente del Unic Hôtel y cuyo apellido consta en mi libreta: Lakhdar, y tras el que viene otro apellido: Davin, éste entre paréntesis.

 

La conocí en la cafetería de la Ciudad Universitaria, donde iba yo a menudo a buscar refugio. Vivía en una habitación del pabellón de los Estados Unidos y me preguntaba por qué, porque no era ni estudiante ni norteamericana. Después de conocernos no se quedó ya en ese pabellón por mucho tiempo. Alrededor de diez días apenas. No me decido a poner entero el apellido que anoté en la libreta negra después de nuestro primer encuentro: Dannie R., pabellón de los Estados Unidos, bulevar de Jourdan, 15. A lo mejor vuelve a ser el suyo ahora —después de tantos otros apellidos— y no quiero llamar la atención por si todavía está viva en algún sitio. Y, sin embargo, si leyera ese apellido en letras de molde, a lo mejor se acordaba de que lo había llevado en determinada época y me daba señales de vida. Pero no, no me hago demasiadas ilusiones al respecto.

El día en que nos conocimos, escribí “Dany” en la libreta. Y corrigió personalmente, con mi bolígrafo, la ortografía exacta de su nombre: Dannie. Más adelante me enteré de que ese nombre, “Dannie”, era el título del poema de un escritor a quien admiraba yo por aquel entonces y a quien veía a veces, en el bulevar de Saint-Germain, saliendo del hotel Taranne. A veces se dan curiosas coincidencias.

La tarde del domingo en que se fue del pabellón de los Estados Unidos, me pidió que fuera a buscarla a la Ciudad Universitaria. Me estaba esperando delante de la entrada del pabellón con dos bolsas de viaje. Me dijo que había encontrado una habitación en un hotel de Montparnasse. Le propuse que fuéramos a pie. Las dos bolsas no pesaban mucho.

Tiramos por la avenida de Le Maine. Estaba desierta, como la otra tarde, que también era una tarde de domingo, a la misma hora. Era un amigo marroquí de la Ciudad Universitaria quien le había hablado de ese hotel, el amigo que me presentó en la cafetería cuando nos conocimos, un tal Aghamouri.

Nos sentamos en un banco a la altura de la calle que va siguiendo la tapia del cementerio. Anduvo mirando en las dos bolsas para comprobar si se había dejado algo. Luego seguimos andando. Me iba contando que Aghamouri vivía en ese hotel porque uno de los dueños era marroquí. Pero, entonces, ¿por qué había vivido también en la Ciudad Universitaria? Porque era estudiante. Y además tenía otro domicilio en París. ¿Y ella también era estudiante? Aghamouri iba a ayudarla a matricularse en la facultad de Censier. No parecía muy convencida y dijo esta última frase como por decir algo. No obstante, me acuerdo de que una tarde a última hora la acompañé en metro hasta la facultad de Censier; había línea directa de Duroc a Monge. Lloviznaba, pero no nos importó. Aghamouri le había dicho que había que ir por la calle de Monge y por fin llegamos a la meta: algo así como una explanada, o más bien un solar rodeado de casas bajas a medio derruir. El suelo era de tierra y teníamos que andar con ojo, en la penumbra, para no meternos en los charcos. Al fondo del todo, había un edificio moderno que seguramente estaban acabando de construir porque aún tenía andamios… Aghamouri nos estaba esperando en la entrada y la luz del vestíbulo iluminaba su silueta. Tenía una mirada menos intranquila de lo habitual, como si le diera seguridad estar delante de esa facultad de Censier pese al solar y a la lluvia. Todos esos detalles me vuelven a la memoria desordenados, a trompicones; y a menudo se enturbia la luz. Y es algo que contrasta con las notas tan precisas que hay en la libreta. Esas notas me resultan útiles para darles un poco de coherencia a las imágenes que van a saltos hasta tal punto que el celuloide de la película corre el riesgo de romperse. Curiosamente, otras notas referidas a unas investigaciones que hacía yo por las mismas fechas acerca de sucesos que no viví —se remontan al siglo XIX e incluso al XVIII— me parecen más límpidas. Y los nombres que tienen que ver con esos sucesos lejanos: la baronesa Blanche, Tristan Corbière y Jeanne Duval, entre otros, y también Marie-Anne Leroy, guillotinada el 26 de julio de 1794 a la edad de veintiún años, me suenan de forma más cercana y familiar que los nombres de mis contemporáneos.

Ese domingo a última hora de la tarde, cuando llegamos al Unic Hôtel, Aghamouri estaba esperando a Dannie sentado en el vestíbulo en compañía de Duwelz y de Gérard Marciano. Fue esa tarde cuando conocí a estos últimos. Quisieron que fuéramos a ver el jardín que había detrás del hotel, con dos mesas con sombrillas. “La ventana de tu cuarto da a este lado”, dijo Aghamouri, pero aquel detalle no parecía importarle mucho a Dannie. Duwelz. Marciano. Intento concentrarme para darles un simulacro de realidad; busco qué podría resucitarlos, aquí, ante mis ojos, que me permitiera, tras todo este tiempo que ha pasado, notar su presencia. Qué sé yo, un aroma… Duwelz tenía siempre mucho empeño en ir atildado: bigote rubio, corbata, traje gris, y olía a un agua de toilette cuyo nombre recordé muchos años después, porque me encontré en la habitación de un hotel un frasco olvidado: Pino silvestre. Por unos segundos, el aroma a Pino Silvestre me trajo a la memoria una silueta que va, de espaldas, calle de Le Montparnasse abajo, un rubio de andares premiosos: Duwelz. Luego nada, como en esos sueños de los que no queda, al despertar, sino un reflejo impreciso que se va borrando según transcurre el día. Gérard Marciano, en cambio, era moreno, de piel blanca y bastante bajo; siempre te clavaba la mirada, pero no te veía. Tuve más trato con Aghamouri, con quien quedé varias veces a última hora de la tarde en un café de la plaza de Monge cuando salía de clase en Censier. Siempre me quedaba con la impresión de que quería hacerme alguna confidencia importante, porque, si no, no me habría hecho ir allí para verme a solas y lejos de los demás. Era un café tranquilo cuando caía la tarde, en invierno, y estábamos solos y amparados al fondo del local. Un caniche negro apoyaba la barbilla en la banqueta y nos observaba guiñando los ojos. Cuando recuerdo algunos momentos de mi vida se me vienen versos a la memoria y a menudo intento recordar de quién eran. El café de la plaza de Monge al atardecer lo relaciono con el siguiente verso: “Las uñas afiladas de un caniche golpeando las baldosas de la noche”…

Íbamos a pie hasta Montparnasse. Durante esos trayectos, Aghamouri me había desvelado algunos detalles, muy pocos, referidos a él. Acababan de echarlo, en la Ciudad Universitaria, de su habitación en el pabellón de Marruecos, pero nunca supe si había sido por motivos políticos o por otros. Vivía en un piso pequeño que le habían prestado en el distrito XVI, cerca de la Casa de la Radio. Pero le gustaba más la habitación que tenía en el Unic Hôtel, que había conseguido gracias al gerente, “un amigo marroquí”. ¿Por qué no dejaba entonces el piso del distrito XVI? “Es que ahí vive mi mujer. Sí, estoy casado.” Y me di cuenta de que no me diría nada más. Nunca contestaba a las preguntas, por cierto. Las confidencias que me hizo —aunque ¿pueden realmente llamarse confidencias?— me las hizo de camino, de la plaza de Monge a Montparnasse, entre prolongados silencios, como si andar lo animase a hablar.

Había algo que me intrigaba. ¿Era de verdad estudiante? Cuando le pregunté qué edad tenía, me contestó: treinta años. Luego pareció arrepentido de habérmelo dicho. ¿Podía uno seguir siendo estudiante a los treinta años? No me atrevía a hacerle esa pregunta por temor a molestarlo. ¿Y Dannie? ¿Por qué quería ser estudiante también? ¿Así de sencillo era matricularse de la noche a la mañana en esa facultad de Censier? Cuando los miraba a los dos en el Unic Hôtel, la verdad era que no tenían pinta de estudiantes; y allá lejos, por la zona de Monge, el edificio de la facultad, a medio construir al fondo de un solar, me parecía de pronto que pertenecía a otra ciudad, a otro país, a otra vida. ¿Era por Paul Chastagnier, Duwelz y Marciano y por los demás a quienes veía de refilón en la oficina de recepción del Unic Hôtel? Pero nunca me encontraba a gusto en el barrio de Montparnasse. No, la verdad es que esas calles no eran muy alegres que digamos. Según las recuerdo, llueve a menudo, mientras que otros barrios de París los veo siempre en verano cuando pienso en ellos. Me parece que Montparnasse se apagó a partir del final de la guerra. Más abajo, en el bulevar, La Coupole y Le Select tenían aún cierto resplandor, pero el barrio se había quedado sin alma. Ya no había en él ni talento ni corazón.

Un domingo por la tarde estaba solo con Dannie, en la parte de abajo de la calle de Odessa. Empezó a llover y nos metimos en el vestíbulo del cine Montparnasse. Nos sentamos al fondo. Estaban en el descanso y no sabíamos qué película ponían. Ese cine inmenso y destartalado me hizo sentirme tan incómodo como las calles del barrio. Había en el aire un olor a ozono, como cuando se pasa junto a una reja del metro. Entre el público, unos cuantos soldados de permiso. Al caer la tarde tomarían los trenes de Bretaña, en dirección a Brest o a Lorient. Y en rincones apartados se ocultaban parejas accidentales que no le harían ni caso a la película. Durante la sesión se oirían sus quejas, sus suspiros y, bajo sus cuerpos, el chirriar cada vez más fuerte de las butacas… Le pregunté a Dannie si tenía intención de quedarse mucho más en el barrio. No. No mucho. Habría preferido vivir en una habitación amplia en el distrito XVI. Era un sitio tranquilo y anónimo. Y nadie podría ya localizarlo a uno. “¿Por qué? ¿Tienes que esconderte?” “No, qué va. ¿Y a ti te gusta este barrio?”

En apariencia, había querido zafarse y no responder a una pregunta embarazosa. Y yo ¿qué podía responderle? Qué más daba que este barrio me gustase o no. Ahora me parece que estaba viviendo otra vida dentro de mi vida cotidiana. O, para ser exactos, que esa otra vida iba unida a la vida diaria, bastante gris, y le daba una fosforescencia y un misterio de los que en realidad carecía. Así es como los lugares que nos resultan familiares y que volvemos a ver en sueños muchos años después adquieren un aspecto raro, como aquella calle de Odessa, tan mustia, y aquel cine Montparnasse que olía a metro.

Ese domingo acompañé a Dannie al Unic Hôtel. Había quedado con Aghamouri. “¿Conoces a su mujer?”, le pregunté. Pareció sorprenderla que yo estuviera enterado de su existencia. “No”, me dijo. “Y él no la ve casi nunca. Están más o menos separados.” No tengo mérito alguno si reproduzco esta frase exactamente, porque consta en la parte de abajo de una de las hojas de la libreta, debajo del nombre “Aghamouri”. En la misma página hay más notas que no tienen nada que ver con ese barrio triste de Montparnasse, ni con Dannie, Paul Chastagnier o Aghamouri, sino que se refieren al poeta Tristan Corbière y también a Jeanne Duval, la amante de Baudelaire. Había dado con sus direcciones, ya que pone: Corbière, calle de Frochot, 10; Jeanne Duval, calle de Sauffroy, 17, hacia 1878. Más adelante, hay páginas enteras dedicadas a ellos, lo que tendería a demostrar que para mí tenían mayor importancia que la mayoría de los vivos con los que tuve que ver por entonces.

Esa noche, dejé a Dannie a la puerta del hotel. Vi de lejos a Aghamouri, que la estaba esperando a pie firme en medio del vestíbulo. Llevaba un abrigo beige. Eso también lo apunté en la libreta, “Aghamouri, abrigo beige”. Seguramente para contar, andando el tiempo, con un punto de referencia, con la mayor cantidad posible de detalles nimios referidos a esa etapa de mi vida, breve y turbia. “¿Conoces a su mujer?” “No. Y él no la ve casi nunca. Están más o menos separados.” Frases que sorprendemos cuando nos cruzamos con dos personas que van charlando por la calle. Y nunca sabremos a qué se referían. Un tren pasa por una estación a demasiada velocidad para que se pueda leer el nombre de la estación en el cartel. Entonces, con la frente pegada al cristal de la ventanilla, nos fijamos en unos cuantos detalles: que se cruza un río, que hay un pueblo con campanario, que una vaca negra está meditabunda debajo de un árbol, apartada del rebaño. Albergamos la esperanza de que en la estación siguiente leeremos un nombre y sabremos por fin en qué comarca estamos. Nunca he vuelto a ver a ninguna de las personas cuyos nombres constan en las páginas de esta libreta negra. Su presencia fue fugitiva e incluso corría el riesgo de olvidar los nombres. Simples encuentros que no sabemos si son fruto del azar. Existe una etapa de la vida para esa situación, una encrucijada en donde todavía estamos a tiempo de dudar entre varios caminos. El tiempo de los encuentros, como ponía en la tapa de un libro que encontré en los puestos de los libreros de lance de los muelles. Precisamente ese mismo domingo por la tarde en que dejé a Dannie con Aghamouri, iba andando, no sé por qué, por el muelle de Saint-Michel. Fui bulevar arriba, tan lúgubre como Montparnasse, quizá porque no había el barullo de los días de entresemana y las fachadas estaban apagadas. En la parte de más arriba, donde desemboca la calle de Monsieur-le-Prince, pasadas las escaleras y la barandilla de hierro, una cristalera grande e iluminada, la parte trasera de un café cuya terraza daba a las verjas del jardín de Le Luxembourg. Estaba a oscuras todo el local, menos esa vidriera tras la que solían demorarse hasta muy entrada la noche unos cuantos clientes ante una barra semicircular. Esa noche había entre ellos dos personas a las que reconocí al pasar: Aghamouri, por el abrigo beige, de pie, y a su lado Dannie, sentada en uno de los taburetes.

Me acerqué. Podría haber abierto la puerta acristalada y acercarme a ellos. Pero me contuvo el temor de ser un intruso. ¿Acaso no estuve siempre, por entonces, aparte, en la posición de espectador, y diría incluso de ese a quien llamaba “el espectador nocturno”, aquel escritor del siglo XVIII que me gustaba mucho y cuyo nombre aparece en varias ocasiones, junto con algunas notas, en las páginas de la libreta negra? Paul Chastagnier, cuando estábamos los dos por la zona de Falguière o de Les Favorites, me dijo un día: “Es curioso… usted escucha a la gente con mucha atención… pero está en otra parte…” Detrás de la luna del café, bajo la luz de neón excesivamente fuerte, Dannie no tenía ya el pelo castaño, sino rubio; y el cutis, aún más pálido que de costumbre, lechoso y con pecas. Era la única persona sentada en un taburete. Detrás de ella y de Aghamouri había un grupo de tres o cuatro clientes, con copas en la mano. Aghamouri se inclinaba hacia ella y le hablaba al oído. La besaba en el cuello. Dannie se reía y bebía un sorbo de un licor que reconocí por el color y que pedía siempre que íbamos a un café: Cointreau.

Me preguntaba si le diría al día siguiente: Ayer por la noche te vi con Aghamouri en el café Luxembourg. Aún no sabía qué relación tenían exactamente. En cualquier caso, en el Unic Hôtel no estaban en la misma habitación. Yo había intentado entender qué unía a aquel grupito. Aparentemente, Gérard Marciano era amigo de Aghamouri hacía mucho y éste se lo había presentado a Dannie cuando vivían los dos en la Ciudad Universitaria. Paul Chastagnier y Marciano se llamaban de tú, pese a la diferencia de edad, y otro tanto sucedía con Duwelz. Pero ni Chastagnier ni Duwelz conocían a Dannie antes de que se fuera a vivir al Unic Hôtel. Y, para terminar, Aghamouri tenía una relación bastante estrecha con el gerente del hotel, ese que se llamaba Lakhdar, que iba cada dos días a la oficina que estaba detrás del mostrador de recepción. Lo acompañaba a menudo un tal “Davin”. Esos dos parecían conocer desde hacía muchísimo a Paul Chastagnier, a Marciano y a Duwelz. Todo eso lo había apuntado yo en la libreta negra, una tarde en que estaba esperando a Dannie, hasta cierto punto como si estuviera haciendo un crucigrama o algún boceto, para entretenerme.

 

Más adelante, me preguntaron cosas de ellos. Recibí una citación de un tal Langlais. Estuve esperando mucho rato en un despacho de un edificio del muelle de Gesvres, a las diez de la mañana. Por la ventana, veía el mercado de las flores y la fachada negra del Hôtel-Dieu. Una mañana otoñal y soleada en los muelles. Entró en el despacho Langlais, un hombre de pelo castaño y estatura media, que me pareció un tanto seco pese a los ojos saltones y azules. Ni siquiera me dio los buenos días y se puso a hacerme preguntas con cierta severidad. Creo que se le suavizó el tono cuando vio qué tranquilo estaba yo y se dio cuenta de que, en realidad, no estaba implicado en el asunto. Yo me decía a mí mismo que a lo mejor, en ese despacho, estaba en el lugar exacto en que se ahorcó Gérard de Nerval. Quien bajara a los sótanos de ese edificio se encontraría, al fondo de uno de ellos, un tramo de la calle de La Vieille-Lanterne. No pude contestar con muchos detalles a las preguntas del tal Langlais. Me citaba los nombres de Paul Chastagnier, de Gérard Marciano, de Duwelz y de Aghamouri y quería que le indicase qué relación tenía con ellos. Entonces fue cuando me di cuenta de que no, de que desde luego nunca habían desempeñado un papel importante en mi vida. Unos comparsas. Me acordaba de Nerval y de la calle de La Vieille-Lanterne, en la que habían construido el edificio donde estábamos. ¿Lo sabía Langlais? Estuve a punto de preguntárselo. Durante el interrogatorio mencionó en varias ocasiones a una tal Mireille Sampierry que, “por lo visto, había andado” por el Unic Hôtel, pero yo no la conocía. “¿Está seguro de no haber coincidido nunca con ella?” Ese nombre no me sonaba de nada. Debió de darse cuenta de que no le estaba mintiendo y no insistió. Apunté “Mireille Sampierry” en la libreta esa noche y, en la parte de abajo de la misma página, escribí: “Muelle de Gesvres, 14. Langlais. Nerval. Calle de La Vieille-Lanterne.” Me extrañaba que Langlais no hubiera aludido en absoluto a Dannie. Era como si no hubiera dejado rastro en sus ficheros. Como suele decirse, había escurrido el bulto y se había esfumado. Mejor para ella. La noche en que la pesqué con Aghamouri en la barra del café Luxembourg, al final ya no conseguía verle la cara por la luz de neón, excesivamente blanca y fuerte. No era ya sino una mancha luminosa, sin relieve, como en una foto sobreexpuesta. Un espacio en blanco. A lo mejor se había escabullido de las investigaciones del tal Langlais por el mismo sistema. Pero estaba equivocado. En el segundo interrogatorio al que me sometió a la semana siguiente, descubrí que sabía muchas cosas de ella.

Una noche, cuando vivía aún en la Ciudad Universitaria, la acompañé hasta la estación de Le Luxembourg. No quería volver sola tan lejos, al pabellón de los Estados Unidos, y me pidió que fuera en el metro con ella. Cuando estábamos bajando las escaleras del andén, pasó el último tren. Podíamos ir a pie, pero la perspectiva de ir por la interminable calle de La Santé, siguiendo las fachadas de la cárcel y, luego, del hospital SaintAnne, me oprimió el corazón. Dannie me llevó hasta el cruce de la calle de Monsieur-le-Prince, y acabamos delante de la misma barra semicircular y en los mismos sitios en que estaban la otra noche ella y Aghamouri. Ella sentada en el taburete y yo de pie. Estábamos muy juntos porque se apiñaban en la barra muchos clientes. La luz era tan fuerte que yo tenía que guiñar los ojos y no podíamos hablar porque había mucho barullo alrededor. Luego todos se fueron yendo; ya no quedaba más que un cliente, desplomado sobre la barra, y no había forma de saber si estaba borracho o dormido sin más. La luz seguía igual de blanca y de fuerte, pero me daba la impresión de que ahora abarcaba un campo más reducido y había un único foco, clavado en nosotros. Cuando salimos al aire libre, todo estaba sumido, por contraste, en una oscuridad de toque de queda y sentí el mismo alivio que una mariposa que escapase de la atracción y la quemadura de la lámpara.

Debían de ser las dos o las tres de la madrugada. Me dijo que a menudo perdía el último metro en la estación de Le Luxembourg y que por eso tenía localizado ese café, al que llamaba “el 66”, el único del barrio que no cerraba de noche. Poco después del interrogatorio del tal Langlais, iba yo andando, muy tarde, hacia la parte alta del bulevar de SaintMichel y vi de lejos un furgón de la policía aparcado en la acera; tapaba la luna, demasiado iluminada, del “66”. Estaban metiendo dentro a los clientes. Sí, ésa era, efectivamente, la impresión que había tenido delante de esa barra, con Dannie. Unas mariposas deslumbradas y enviscadas en la luz, antes de una redada. Me parece incluso que le dije la palabra “redada” al oído y que sonrió.

Había por entonces, en París, de noche, puntos así, demasiado luminosos, que hacían las veces de trampa y que yo intentaba eludir. Cuando iba a dar a uno de ellos, rodeado de clientes raros, no bajaba la guardia e intentaba, incluso, tener localizadas las salidas de emergencia. “Te crees que estás en Pigalle”, me dijo ella. Y me sorprendió oír en sus labios la palabra “Pigalle” dicha con cierta familiaridad. Ya en la calle, fuimos siguiendo las verjas del jardín de Le Luxembourg. Repetí la palabra “Pigalle” y me eché a reír. Ella también. Todo callaba a nuestro alrededor. A través de las rejas nos llegaba el rumor de los árboles. La estación de Le Luxembourg estaba cerrada y habría que esperar hasta las seis para coger el primer metro. A lo lejos, habían apagado las luces del “66”. Podíamos ir a pie y yo estaba dispuesto a enfrentarme con ella a la calle de La Santé, larga y siniestra.

De camino, íbamos buscando un atajo y nos extraviamos por las callecitas que hay alrededor de Le Val-de-Grâce. El silencio era aún más hondo y oíamos el ruido de nuestros pasos. Me pregunté si no estaríamos lejos de París, en una ciudad de provincias: Angers, Vendôme, Saumur, nombres de ciudades que yo no conocía y cuyas calles tranquilas se parecían a la calle de Le Val-de-Grâce, al cabo de la que una verja grande resguardaba un jardín.

Dannie me había cogido del brazo. A distancia, una luz mucho menos fuerte que la del “66” en la planta baja de un edificio.

Un hotel. La puerta acristalada estaba abierta y la luz salía del pasillo, en medio del cual dormía un perro con la mandíbula apoyada en las baldosas. Al fondo del todo, detrás del mostrador de recepción, el vigilante nocturno, un hombre calvo, hojeaba una revista. Allí, en la acera, no me sentía ya con fuerzas para seguir adelante, pegado a la pared de la cárcel y del hospital, y continuar por esa calle de La Santé cuyo final, de noche, no se veía.

No sé ya quién de los dos tiró del otro. En el pasillo, pasamos por encima del perro sin despertarlo. La habitación 5 estaba libre. Me acuerdo de ese número, 5, aunque a mí se me olvidan siempre los números de las habitaciones de hotel, el color de las paredes, los muebles y las cortinas, como si fuera preferible que mi vida de entonces se fuese borrando sobre la marcha. Sin embargo las paredes de la habitación 5 se me han quedado grabadas en la memoria y las cortinas también: papel pintado con motivos decorativos azul pálido y esa clase de cortinas negras que según supe más adelante eran de tiempos de la guerra y no dejaban que saliera ninguna luz fuera para atenerse a las consignas de eso que se llamaba “la Defensa Pasiva”.

Aún más entrada la noche, me di cuenta de que Dannie quería contarme algo, pero no se decidía. ¿Por qué la Ciudad Universitaria y el pabellón de los Estados Unidos siendo así que no era ni estudiante ni norteamericana? Pero, bien pensado, los encuentros auténticos son los de dos personas que no saben nada una de otra, ni siquiera de noche en una habitación de hotel. “Hace un rato estaban un poco raros los clientes del ‘66’”, le dije. “Menos mal que no hubo una redada.” Sí, esas personas que teníamos alrededor, que hablaban demasiado alto bajo esa luz blanca, ¿por qué habían ido a parar a aquella hora tardía al Barrio Latino, tan de provincias? “Te haces demasiadas preguntas”, me dijo Dannie en voz baja. Un reloj daba los cuartos. El perro ladró. Volvía a darme la impresión de que estaba muy lejos de París. Incluso me pareció oír, inmediatamente antes de que empezase a amanecer, un ruido de zuecos que se alejaba. ¿Saumur? Muchos años después, una tarde en que andaba por las inmediaciones de Le Valde-Grâce, intenté localizar ese hotel. No había apuntado ni el nombre ni la dirección en la libreta negra, de la misma forma que evitamos escribir los detalles demasiado íntimos de nuestra vida, por temor a que, cuando ya hayan quedado recogidos en el papel, dejen de pertenecernos.

 

En su despacho del muelle de Gesvres, el tal Langlais me preguntó: “¿Vivía en una habitación del Unic Hôtel?” Ponía voz distraída, como si ya supiera la respuesta y esperase de mí una simple confirmación: “No.” “¿Iba usted mucho por ‘el 66’?” Esta vez me miraba de frente. A mí me extrañó que dijera “el 66”. Hasta ese momento, creía que la única en llamar así a ese sitio era Dannie. Yo también les había puesto a veces a algunos cafés otros nombres diferentes del suyo, nombres de un París más antiguo, y había dicho: “Quedamos en Tortoni”, o “A las nueve en Le Rocher de Cancale”.

—¿”El 66”? —Hice como si le estuviera dando vueltas al nombre. Volvía a oír a Dannie decirme con su voz sorda: “Te crees que estás en Pigalle”—. ¿”El 66” en Pigalle? —le dije al tal Langlais con expresión fingidamente pensativa.

—No, no… Es un café del Barrio Latino.

A lo mejor no era oportuno pasarme de listo.

—Ah, sí… He debido de ir un par de veces…

—¿Por las noches?

Titubeé antes de contestarle. Habría sido más prudente decirle: de día, cuando todo el local estaba abierto y la mayoría de los clientes se sentaban en la terraza, por la zona de las verjas de Le Luxembourg. De día era un café que no se diferenciaba de los demás. Pero ¿por qué mentir?

—Sí. De noche.

Me acordaba del local sumido en la oscuridad a nuestro alrededor y de aquella zona estrecha iluminada, al fondo del todo, como un refugio clandestino, ya pasada la hora de cerrar. Y ese nombre, “el 66”, uno de esos nombres que circulan en voz baja, entre los iniciados.

—¿Iba usted solo?

—Sí. Solo.

Iba mirando una hoja, encima del escritorio, donde me parecía ver una lista de nombres. Tenía la esperanza de que no estuviera el de Dannie.

—¿Y no conocía a ninguno de los parroquianos del “66”?

—A nadie.

Él seguía con la vista clavada en la hoja de papel. Me habría gustado que me dijera los nombres de los “parroquianos del ‘66’” y que me explicase quién era toda esa gente. A lo mejor Dannie había conocido a algunos. O Aghamouri. Ni Gérard Marciano, ni Duwelz, ni Paul Chastagnier parecían habituales del “66”. Pero no tenía seguridad de nada.

—Debe de ser un café de estudiantes como todos los demás del Barrio Latino —dije.

—De día sí. Pero por las noches no.

Hablaba ahora con un tono seco, casi amenazador.

—Sabe —le dije, esforzándome por ser todo lo manso y conciliador que pudiera—, nunca he sido un “parroquiano nocturno del ‘66’”.

Me miró con los ojos azules y saltones y no había nada amenazador en su mirada, una mirada cansada y tirando a benévola.

—Fuere como fuere, no está usted en la lista.

Veinte años después, en el expediente que me llegó a las manos gracias al tal Langlais —no se había olvidado de mí; hay centinelas así que están apostados en todas las encrucijadas de la vida de uno— estaba la lista de los “parroquianos del ‘66’” y, el primero, uno llamado “Willy des Gobelins”. Ya la copiaré cuando tenga tiempo. Y copiaré también unas cuantas páginas de ese expediente que completan las notas de mi libreta negra vieja y coinciden con ellas. Pasé ayer, sin ir más lejos, por delante del “66” para ver si esa parte del café seguía existiendo. Empujé la puerta acristalada, la misma por la que entramos Dannie y yo y tras la que me quedé mirándola, sentada en la barra con Aghamouri bajo aquella luz demasiado fuerte y demasiado blanca. Me senté en la barra. Eran las cinco de la tarde y los clientes estaban en la otra parte del café, la que da a las verjas de Le Luxembourg. El camarero pareció un poco extrañado cuando le pedí un Cointreau, pero lo hice en recuerdo de Dannie. Y para beberlo a la salud de aquel “Willy des Gobelins”, el primero de la lista y del que no sabía nada.

—¿Siguen abriendo hasta muy tarde? —le pregunté al camarero.

Frunció el entrecejo. No parecía entender la pregunta. Un muchacho que rondaba los veinticinco años.

—Cerramos todas las noches a las nueve, caballero.

—Este café se llama “el 66”, ¿no?

Dije esas palabras con voz de ultratumba. El camarero me miró con ojos preocupados.

—¿Por qué “el 66”? Se llama “Le Luxembourg”, caballero.

Me acordé de la lista de los “parroquianos del ‘66’”. Sí, la copiaré cuando tenga un rato. Pero ayer por la tarde me volvían a la memoria algunos de los nombres de esa lista: Willy des Gobelins, Simone Langelé, Orfanoudakis, el doctor Lucaszek, conocido por “doctor Jean”, Jacqueline Giloupe y una tal Mireille Sampierry que había nombrado Langlais la primera vez.

Detrás de mí, en el local y en la terraza, turistas y estudiantes. En la mesa más próxima, un grupo, cuya conversación escuchaba yo distraídamente, lo formaban una serie de alumnos de la Escuela de Minas. Estaban celebrando algo, seguramente el comienzo de las vacaciones de verano. Se hacían fotos con los iPhone en la luz sin brillo y neutra del presente. Una tarde cualquiera. Y, sin embargo, era allí, en ese mismo sitio, en plena noche, donde los tubos de neón me obligaban a guiñar los ojos y apenas si conseguíamos oírnos Dannie y yo por el barullo y esas palabras perdidas para siempre que cruzaban entre sí Willy des Gobelins y todas aquellas sombras que nos rodeaban.

 

Si he de fiarme de mis recuerdos, “el 66” no se diferenciaba esencialmente del Unic Hôtel ni de los demás sitios de París que conocía por entonces. Por todas partes se cernía una amenaza en el aire que le daba un color particular a la vida. Y lo mismo ocurría cuando no estaba en París. Un día, Dannie me pidió que fuera con ella a una casa de campo. Tengo escrito en una de las páginas de la libreta negra: “Casa de campo. Con Dannie.” Nada más. En la página anterior leo: “Dannie, avenida de Victor-Hugo, edificio con dos salidas. Me cita delante de la otra salida del edificio, en la calle de Léonard-de-Vinci, a las siete.”

La esperé allí varias veces, siempre a la misma hora y delante del mismo portal. Por entonces, había relacionado a aquella persona a quien Dannie “visitaba a menudo” —una palabra pasada de moda que me extrañó oírle— y la casa de campo. Sí, si no me falla la memoria me dijo que la “casa de campo” era de “la persona” de la avenida de Victor-Hugo.

“Casa de campo con Dannie.” No escribí el nombre del pueblo. Hojeando la libreta negra, tengo dos sentimientos contradictorios. Como en esas páginas no hay detalles concretos, me digo que por entonces no me extrañaba nada. ¿La despreocupación de la juventud? Pero vuelvo a leer algunas frases, algunos nombres, algunas indicaciones y me da la impresión de que estaba enviando llamadas en morse para más adelante. Sí, era como si quisiera dejar por escrito indicios que me permitieran, en un futuro remoto, aclarar lo que había vivido mientras estaba sucediendo sin acabar de entenderlo. Llamadas en morse pulsadas al azar, presa de la mayor confusión. Y habría que esperar años y años antes de poder descifrarlas.

En la página de la libreta en que pone en tinta negra “Casa de campo con Dannie” hay una lista de pueblos que escribí con bolígrafo azul hace alrededor de diez años, cuando se me metió en la cabeza localizar aquella “casa de campo”. ¿Caía por las inmediaciones de París o más allá, por la zona de Sologne? Se me ha olvidado por qué escogí esos pueblos y no otros. Creo que la forma en que sonaban los nombres me recordaba uno en que nos paramos para echar gasolina. Saint-Léger-des-Aubées, Vaucourtois, Dormelles-sur-l’Orvanne, Ormoy-la-Rivière, Lorrez-le-Bocage, Chevry-en-Sereine, Boisemont, Achères-la-Forêt, La Selle-en-Hermoy, Saint-Vincent-des-Bois.

Había comprado un mapa Michelin que aún conservo y que pone esta indicación: 150 km alrededor de París. Norte-Sur. Luego, un mapa de Estado Mayor de Sologne. Me pasé unas cuantas tardes mirándolos, intentando recordar el recorrido que hacíamos en un coche que nos había prestado Paul Chastagnier, no el Lancia rojo, sino un coche más discreto, de color gris. Salíamos de París por la puerta de Saint-Cloud, el túnel y la autopista. ¿Por qué ese camino hacia el oeste si la casa de campo estaba al sur por la zona de Sologne?

Algo después, en la parte de abajo de una página de la libreta donde tomé muchas notas sobre el poeta Tristan Corbière, descubrí que ponía en letra diminuta: FEUILLEUSE y, detrás, un número de teléfono. El nombre de ese pueblo podría haber seguido siempre invisible entre las notas de letra prieta referidas a Corbière. Feuilleuse, 437.41.10. Es verdad, una vez fui a reunirme con Dannie a la casa de campo y me dio el número de teléfono. Cogí un auto de línea en la puerta de Saint-Cloud. El auto se paró en una ciudad pequeña. Desde un café, llamé a Dannie. Vino a buscarme en coche, también en esta ocasión el coche gris que nos había prestado Paul Chastagnier. La “casa de campo” estaba a unos veinte kilómetros. Miré a ver dónde estaba Feuilleuse: no en Sologne, sino en Eure-etLoir.

437.41.10. Sonaba el timbre, pero nadie cogía el teléfono, y me sorprendió que, después de tantos años, todavía existiera el número. Una noche en que marqué otra vez el 437.41.10 oí un chisporroteo y voces ahogadas. A lo mejor era una de esas líneas que llevan mucho abandonadas. Esos números sólo los sabían unos cuantos iniciados que los usaban para comunicarse de forma clandestina. Acabé por distinguir una voz de mujer que repetía siempre la misma frase, cuyas palabras no conseguía entender, una llamada monótona, como en un disco rayado. ¿La voz del servicio de información horaria? ¿O la voz de Dannie que me llamaba desde un tiempo diferente y desde esa casa de campo perdida?

Consulté una guía de teléfonos antigua de Eure-et-Loir que encontré en el mercadillo de viejo de Saint-Ouen, en un depósito, entre varios cientos. Sólo había diez abonados en Feuilleuse, y allí estaba el número, efectivamente, una cifra secreta que le abría a uno “Las puertas del pasado”, que era el nombre de una novela policíaca que escogí en la biblioteca de la casa de campo y que Dannie y yo leímos. Feuilleuse (E.-et-L.). Cantón de Senonches. Señora Dorme. La Barberie. 437.41.10. ¿Quién era esa señora Dorme? ¿Dijo alguna vez ese apellido Dannie delante de mí? A lo mejor aún vivía. Bastaba con entrar en contacto con ella. Ella sabría qué había sido de Dannie.

Llamé a información. Pregunté por el nuevo número de teléfono de La Barberie, en Feuilleuse, en Eure-et-Loir. E igual que aquel otro día en que estaba hablando con el camarero del café Luxembourg, mi voz era una voz de ultratumba. “¿Feuilleuse con dos eles, señor?” Colgué. No merecía la pena. Después de tanto tiempo, seguramente ya no venía en la guía el apellido de la señora Dorme. Por la casa debían de haber pasado varios ocupantes que le habrían cambiado la apariencia tanto que no la habría reconocido. Extendí en la mesa el mapa de los alrededores de París y me sentí decepcionado al separarme del de Sologne, que me había tenido entretenido toda una tarde. La sonoridad acariciadora de la palabra “Sologne” me había hecho caer en un error. Y me acordaba también de los estanques que había no muy lejos de la casa y que me recordaban esa comarca. Pero me dan igual los mapas Michelin. Para mí esa casa seguirá siempre en un enclave imaginario de Sologne.

Ayer por la noche fui recorriendo con el dedo índice en el mapa el trayecto de París a Feuilleuse. Era remontar el curso del tiempo. El presente no tenía ya importancia alguna, con esos días todos iguales con su luz sin brillo, una luz que debe de ser la de la vejez y en la que nos da la impresión de estar sobreviviendo. Me decía que volvería a encontrar la hilera de árboles y las cercas blancas. El perro se me acercaría despacio, recorriendo el paseo. Había pensado a menudo que, aparte de nosotros, era el único habitante de la casa, e incluso el dueño. Cada vez que volvíamos a París le decía a Dannie: “Tendríamos que llevarnos este perro.” Se colocaba delante del coche gris para ver cómo nos íbamos. Y después, cuando ya nos habíamos subido al coche y habíamos cerrado las puertas, se iba a la cabaña que servía para guardar la leña y donde solía dormir cuando no estábamos. Y en todas esas ocasiones yo lamentaba tener que volver a París. Le había preguntado a Dannie si no sería posible que esa casa nos sirviera de refugio durante un tiempo. Sería posible, me dijo ella, pero no de inmediato. Me había confundido o lo había entendido mal, pero no había relación alguna entre la “persona” de la avenida de Victor-Hugo a quien iba ella a ver a menudo y aquella casa. La dueña —sí, era una mujer— estaba de momento en el extranjero. Me explicó que la había conocido el año anterior cuando andaba buscando trabajo. Pero no especificaba qué clase de “trabajo”. Ni Aghamouri ni esos a los que yo llamaba “la banda de Montparnasse” —Paul Chastagnier, Duwelz, Gérard Marciano y otras siluetas que veía a menudo en el vestíbulo del Unic Hôtel— sabían que existiera aquella casa. “Mejor”, dije. Ella sonrió. Aparentemente estaba de acuerdo conmigo. Una noche, habíamos encendido un fuego de leña y nos habíamos sentado en el sofá grande, delante de la chimenea, con el perro echado a nuestros pies, y me dijo que estaba arrepentida de haberle pedido prestado el coche gris a Paul Chastagnier. Y añadió incluso que no quería volver a tener nada que ver con esos “golfantes”. Me extrañó que dijera esa palabra porque siempre hablaba de forma mesurada y se quedaba callada a menudo. Tampoco en esta ocasión tuve la curiosidad de preguntarle qué la unía exactamente a esos “golfantes” y por qué se había ido a vivir al Unic Hôtel por influencia de Aghamouri. A decir verdad, en la tranquilidad de aquella casa, que resguardaba la hilera de árboles y las cercas blancas, ya no me apetecía hacerme preguntas.

No obstante, una tarde volvíamos de dar un paseo por el camino de Le Moulin d’Étrelles —los nombres que pensamos que se nos han olvidado o que no decimos en voz alta por temor a parecer conmovidos se nos vienen a la memoria y la verdad es que no es tan doloroso— y el perro iba delante de nosotros bajo el sol de otoño. Acabábamos de entrar en la casa y cerrar la puerta cuando oímos el ruido de un motor. Se acercaba. Dannie me cogió de la mano y tiró de mí para llevarme al primer piso. En el dormitorio, me hizo señas para que me sentara y se arrimó a una de las ventanas. El motor se detuvo. Sonó una portezuela al cerrarse. Un ruido de pasos en la parte del paseo que era de grava. “¿Quién es?”, pregunté. No me contestó. Me escurrí hasta la otra ventana. Un coche grande y negro de marca americana. Me dio la impresión de que alguien seguía al volante. Un timbrazo. Luego, dos. Luego, tres. Abajo ladró el perro. Dannie estaba petrificada y apretaba la cortina con una mano. Una voz de hombre: “¿Hay alguien? ¿Hay alguien? ¿Me oyen?” Una voz recia, con un acento muy leve, belga, o suizo, o el acento internacional que tienen esas personas cuya lengua materna no sabemos exactamente cuál es y ni siquiera ellos lo saben. “¿Hay alguien?”

El perro ladraba cada vez más. Se había quedado en la entrada y, si la puerta estaba mal cerrada, la abriría con la pata. Cuchicheé: “¿No te parece que el tipo ese puede meterse en la casa?” Dannie me dijo que no con la cabeza. Se había sentado en el borde de la cama, con los brazos cruzados. Tenía en la cara una expresión de fastidio más que de temor; allí estaba, quieta, con la cabeza gacha. Y yo pensaba que el tipo esperaría en el salón y que nos iba a resultar difícil salir de la casa para no encontrarnos con él. Pero no perdía la sangre fría. Me había visto a menudo en situaciones así, escapando de las personas a quienes conocía porque de pronto me resultaba cansado tener que hablar con ellas. Cruzaba de acera cuando las veía acercarse o buscaba refugio en el portal de un edificio hasta que hubieran pasado. Incluso hubo una vez en que salí de una zancada por la ventana de una planta baja para escapar de alguien que había venido a verme de improviso. Conocía muchos edificios con dos salidas y en la libreta negra hay una lista.

No hubo más timbrazos. El perro se había callado. Por la ventana veía al hombre ir hacia el coche, que estaba aparcado a la altura de la escalera de la fachada. Era moreno y bastante alto y llevaba un abrigo forrado de piel. Se inclinaba hacia la ventanilla abierta y hablaba con la persona que estaba al volante, a quien no le veía la cara. Luego se subía al coche y éste se alejaba por el paseo.

Al caer la tarde, Dannie me dijo que valía más no encender la luz. Corrió las cortinas del salón y de la habitación donde comíamos. Nos alumbramos con una vela. “¿Crees que van a volver?”, le pregunté. Se encogió de hombros. Me dijo que seguramente serían unos amigos de la dueña. Prefería no tener nada que ver con ellos porque, en caso contrario, “le darían la lata”. De vez en cuando llamaba la atención alguna expresión vulgar en su forma de hablar, muy cuidada. Allí, en la penumbra, con las cortinas corridas, me decía a mí mismo que nos habíamos metido en aquella casa con fractura. Y me parecía casi normal porque estaba muy acostumbrado a vivir sin la menor sensación de legitimidad, esa sensación que notan quienes han tenido padres buenos y honrados y pertenecen a un ambiente social muy concreto. A la luz de la vela, nos hablábamos en voz baja para que no se nos oyera desde fuera y a Dannie tampoco le extrañaba esa situación. Yo no sabía gran cosa de ella, pero estaba seguro de que teníamos más de un punto en común y que pertenecíamos al mismo mundo. Pero no habría sido capaz de aclarar cuál era ese mundo.

Estuvimos dos o tres noches sin encender la luz eléctrica. Dannie me explicó con medias palabras que en realidad no es que tuviera “derecho” a estar en aquella casa. Sencillamente, se había quedado con una llave el año anterior. Y no había puesto al tanto a la “dueña” de que tenía la intención de pasar alguna temporada aquí. Tendría que aclararlo con la persona que estaba al cuidado de la casa, que también se ocupaba del parque y a quien nos encontraríamos el día menos pensado. No, la casa no estaba abandonada, como lo había creído yo. Pasaron los días. El guardián llegaba por la mañana y no le extrañaba nuestra presencia. Un hombre menudo de pelo gris que llevaba un pantalón de pana y una chaqueta de caza. Dannie no le dio explicación alguna y él no nos hizo ninguna pregunta. Incluso llegó a decirnos que si necesitábamos algo, podía ir a comprárnoslo. Nos llevó muchas veces, con el perro, a hacer la compra a Châteauneuf-en-Thymerais. Y también más cerca, a Maillebois y a Dampierre-sur-Blévy. Esos nombres los tenía yo dormidos en la memoria, pero no se habían borrado. Y, de la misma forma, asomó ayer un recuerdo enterrado. Unos días antes de irnos a Feuilleuse, acompañé a Dannie al edificio de la avenida de Victor-Hugo. Esta vez me pidió que no la esperase del otro lado, delante del portal de la calle de Léonard-de-Vinci, sino en un café que había en la plaza, algo más allá. No sabía a qué hora iba a salir. La estuve esperando casi una hora. Cuando llegó estaba muy pálida. Pidió un Cointreau y se lo bebió de un trago para meterse lo que ella llamaba “un latigazo”. Y pagó las consumiciones con un billete de quinientos francos que cogió de un fajo atado con una tira de papel rojo. Ese fajo no lo tenía al venir, en el metro, porque aquella tarde nos quedaba lo justo para sacar dos billetes de segunda.

La Barberie. Le Moulin d’Étrelles. La Framboisière. Vuelven las palabras, intactas, como los cuerpos de aquellos dos novios que encontraron en la montaña, atrapados en el hielo, y que llevaban cientos de años sin envejecer. La Barberie. Era el nombre de la casa cuya fachada blanca y simétrica veo aún entre las hileras de árboles. Hace tres años, en un tren, iba leyendo distraídamente los anuncios de un periódico y me llamaba la atención que eran muchos menos que en la época en que los copiaba en las páginas de la libreta negra. Ya no había ni ofertas ni peticiones de empleo. Ni perros perdidos. Ni videntes. Ni ninguno de esos recados que se enviaban desconocidos. “Martin. Llámanos. Yvon, Juanita y yo estamos muy preocupados.” Me llamó la atención un anuncio: “Se vende. Casa antigua. Eure-et-Loir. En aldea entre Châteauneuf y Brezolles. Parque. Estanques. Cuadras. Tel. Agencia Paccardy. 02.07.33.71.22.” Me pareció que reconocía la casa. Copié el anuncio en la parte de abajo de la última página de mi libreta negra vieja a modo de conclusión. Y, sin embargo, eso de las cuadras no me recordaba nada. Estanques sí que había, o, más bien, charcas en que se bañaba el perro cuando dábamos un paseo. La Barberie no era sólo el nombre de la casa, sino el de la aldea cuyo castillo debía de ser antiguamente la casa. Alrededor, lienzos de pared medio derruidos bajo la vegetación, seguramente partes del edificio principal y las ruinas de una capilla e incluso, por qué no, de unas cuadras. Una tarde en que estábamos dando un paseo con el perro —gracias a él habíamos descubierto las ruinas esas, nos iba guiando sucesivamente hacia ellas como un perro trufero— fuimos haciendo proyectos para rehabilitarlo todo, como si fuésemos los dueños. A lo mejor Dannie no se atrevía a decírmelo, pero aquella casa había pertenecido de verdad, hacía varios siglos, a sus antepasados, los señores de La Barberie. Y hacía mucho que estaba deseando volver a escondidas para verla. Al menos eso era lo que me gustaba imaginar a mí.

Me dejé olvidadas en La Barberie alrededor de cien páginas de un manuscrito que estaba escribiendo recurriendo a las notas tomadas en la libreta negra. O, más bien, me dejé el manuscrito en el salón donde lo escribía creyendo que íbamos a volver a la semana siguiente. Pero nunca pudimos volver, así que nos dejamos allí, abandonados para siempre, el perro y el manuscrito.

 

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia.


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Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) es escritor. Ha publicado: En el café de la juventud perdida, Trilogía de la ocupación, Calle de las Tiendas Oscuras, El horizonte, Villa Triste y Un pedigrí, entre otros libros.

 

 

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