mexico-pekin

En la obra de teatro El alma buena de Se-Chuan de Bertolt Brecht, el aviador Sun dice a la protagonista Shen-té: “Mientras estudiaba en la escuela de Pekín no dejé de leer un solo libro de aeronáutica, pero me salté una página, justamente aquella en que se advertía que hay exceso de aviadores. Por eso soy un aviador sin avión, un piloto postal sin correo. ¡Pero qué puedes comprender tú de todo esto!”. Claudia Hernández de Valle-Arizpe es una viajera sin viaje. México-Pekín no nos hace preguntarnos quiénes somos cuando viajamos, sino quiénes fuimos. Al viajar “[m]orimos tantas veces, nos morimos / a cada rato”. Más que el desplazamiento categórico, la rememoración es la impronta de este libro y ese símbolo es el verdadero viaje.

Este libro principia con un poema francamente mallarmiano. “Como naipes”, un acróstico formidable, apela a nuestros sentidos de la vista y del oído. Claudia Hernández de Valle-Arizpe lanza la apuesta por una lírica audaz cuya potencialidad radica en el uso inteligente de palabras que inician con las letras equis y ka. La poeta no teme arriesgarse con un vocabulario casi vedado (no sólo en la escritura, sino en el habla cotidiana) que incluye delicias lingüísticas como “xenón”, “kerosén”, “xoconostle”, “kakis” o “xantomas”. México-Pekín tiene un movimiento peculiar porque los espacios en blanco son su soporte instrumental. Es ahí, entre estos versos, donde verdaderamente viajamos 12,459 kilómetros: “México de agua subterránea / émbolo que impulsa a no perderse en la / x de cualquier encrucijada que / impida ver del otro lado de esta / casa que te eligió y será tu casa lo quieras / o no”. El viaje es siempre abierto entre estas dos latitudes como un poema porvenir que nos tiende “[p]uentes imaginarios para salvar la distancia / entre México y Pekín puentes como ráfagas de / kilómetros que ni en sueños recorrería / índole extraña su naturaleza de / nombres y sitios con historia”.

La poeta evoca cercanías y diferencias entre la ciudad de México y Pekín, haciéndolas parecer diametralmente opuestas y, al mismo tiempo, colindantes. Los tiempos de la poeta antes y después de estos dos sitios vislumbran un lugar unívoco y su nombre es MéxicoPekín. En este ciudad-híbrida se fusionan con inteligencia y maestría el fervor religioso del Templo del Buda Reclinado y la Basílica, el hambre en la Hostería de Santo Domingo y Quan Ju De, el verdor de los jardines imperiales de Beihai que “cincela el día” y Chapultepec “en esa memoria de la infancia” y, cómo no, el vestido de la Quinceañera con “el brillo del tangyuan de ajonjolí”. 

El principal hallazgo de México-Pekín es que la estadía en China adquiere una connotación de exilio: la poeta se extraña de la ciudad que la vio nacer al mismo tiempo que se apropia del contexto en el que vive. La ciudad que la ve nacer puede ser México o Pekín, capitales que son “espiral luminosa” de primera o segunda infancia (todos volvemos a ser niños cuando viajamos). La imperante dualidad que caracteriza a México-Pekín nos hace ser sus cómplices. La poeta Claudia Hernández de Valle-Arizpe se transforma en ambas geografías siendo una desconocida para ella misma. La extranjera en el Metro (de Pekín que puede ser el de México) donde “nadie esquiva a nadie, va empujón, vine codazo, / hombre contra hombro, / pico en el coxis” se apodera de poderosas palabras que la convierten en Feng, el obrero de Baoshán que tiene 25 años: “Miro la calle con ojos de la mujer / cuando salgo. / No me reconoce. ¿Soy de algún sitio?”

En México-Pekin, el viaje es por partida doble: interior y exterior. La poeta alcanza el nivel de la heroína de un viaje mítico que implica una misión peligrosa: encontrar un tesoro. ¿Cuál es? Una réplica. No hay regreso feliz al hogar porque lo verdadero siempre está poblado de contrastes. Claudia Hernández de Valle-Arizpe es una darwiniana de hueso colorado: sabe que la belleza y su comprensión son necesarias para sobrevivir. La poesía funge como un ser con poderes sobrenaturales que la acompaña. El viaje es la misma poeta y lo que ella es o, más bien, ha sido. Este libro es un intenso y necesario cuestionamiento respecto al viaje. La pregunta es valiosísima: “¿Por qué comprobar la inhumana extensión / de un símbolo?”. México-Pekín puede darnos la respuesta cuando emprendamos (la lectura de) este viaje que nunca termina. Claudia Hernández de Valle-Arizpe es una Ulises de nuestros tiempos que, parafraseando a la Odisea, ha visto las ciudades de muchos hombres y ha aprendido sus costumbres.

 

Claudia Hernández de Valle-Arizpe, México-Pekín, Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México D. F., 2013.

 

 

Un comentario en “Una viajera sin viaje