Carla Guelfenbein ganó el XVIII Premio Alfaguara de Novela. Presentamos “Hacia el Sur”, cuento de la escritora chilena incluido en la antología Hoteles de paso. Secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos, publicada por Cal y arena.


Recuerdo con claridad, cuando antes de atravesar las puer­tas del Hotel Delfín, mamá se detuvo, pasó sus manos por mis hombros como si sacudiera una capa de polvo, anudó las cintas de mis trenzas y volvió a decirme lo que había repetido un sinfín de veces en el taxi:

—Sólo serán dos horas, cariño, a lo más tres.

Dos chicas vestidas llamativamente entraron haciendo sonar sus tacones; mamá las miró de reojo y continuó con su labor; sus risas destempladas quedaron suspendidas en el aire. Mamá tenía treinta y tres años, mi padre nos había dejado hacía al menos ocho, y a pesar de que aún guarda­ba su atractivo y su natural elegancia, el trabajo duro, las estrecheces, el esfuerzo por sacar adelante su vida y la mía en esa ciudad seca y polvorienta, comenzaban a dejar sus huellas. Trabajaba tras la ventanilla del Correo Central re­cibiendo encomiendas, y de tanto en tanto, algún forastero de paso, deslumbrado ante el hallazgo de su belleza en un lugar tan incierto, la invitaba a salir. Tal vez lo que más entusiasmaba a mi madre era la posibilidad de surcar las puertas del Hotel Delfín. Había sido construido hacía una década, y su estructura acristalada, alta y estrecha, sobre­salía en la extensa llanura como la promesa de un mundo por llegar.

—Estaré en la habitación 1810, como el año de la Independencia. Pero tú no te muevas de aquí, ¿me oíste? —se­ñaló, al tiempo que deslizaba un billete en la palma de mi mano.

Al cabo de unos minutos, yo estaba sentada en el vestí­bulo y mi madre, con su cabello negro y lustroso, sus ojos verdes y sus pestañas postizas, desaparecía tras las puertas doradas del ascensor.

El sol se había retirado bajo el fondo de la llanura y a través de las altas ventanas podía ver los arreboles que había dejado. En la inmensidad del cielo una nube se desplazaba hacia el sur. Había traído mis deberes del colegio, y por un largo rato, abstraída en complicados cálculos matemáticos que no se me daban nada bien, el paso del tiempo se hizo imperceptible. Cuando levanté la vista, en el fondo oscu­recido de los ventanales comenzaban a titilar las primeras estrellas. Tenía hambre. Cogí mi bolso con los cuadernos y los útiles escolares y me dirigí al bar del último piso. Conocía bien el camino. A mamá no le gustaba dejarme sola en el cuarto que alquilábamos en casa de un viudo un tanto extraño, y cada vez que tenía una de sus citas en el Hotel Delfín, me llevaba con ella.

Me senté en un taburete del bar y pedí un sándwich de jamón y un jugo de naranja. Desde sus mesas, hombres de trajes oscuros miraban hacia los rincones donde pequeños grupos de chicas cuchicheaban entre risas. Yo podía oír sus voces, sus susurros, presentir las esencias que emanaban de sus cuerpos sinuosos. Alguno se animaba y envalentonado se acercaba a las chicas, para al poco rato desaparecer tras las puertas del bar con una de ellas. Tampoco me pasaban desapercibidas las miradas que, como un lazo, la mayoría de ellos arrojaba sobre mí. Tenía 13 años, y mi madre se es­meraba para que no representara más, pero aún así, yo era consciente de la atracción que ejercía sobre los hombres, una atracción que despertaba deseos ocultos y vedados que por su misma naturaleza se volvían contra ellos con desesperada intensidad. Cruzaba las piernas enfundadas en calcetines de niña, le daba tironcitos a mis trenzas, y pasaba mi dedo índice suavemente por la punta de mi nariz, al tiempo que con un popote tomaba a pequeños sorbos mi jugo de naranja, adivinando el efecto que cada uno de estos gestos provocaba en los especímenes humanos que me observaban. Sentado junto a un bullicioso grupo de oficinistas, un hom­bre me miraba con más insistencia que el resto. Era algo más joven que los demás y traía un traje ajustado de solapas delgadas, como los que usaba Elvis Presley. Tenía un cierto encanto. Tal vez eran sus largas pestañas, su aire rebelde, o la insistencia con que clavaba sus ojos en mí. Por un rato ju­gueteé con mis trenzas para él, sin mirarlo, claro, pero pron­to perdí el interés. Al otro lado de la barra, frente a mí, se había sentado un hombre vestido de explorador, de pelo entrecano y facciones que mi madre habría cataloga­do como “atractivas”, y quien, en ese poco rato, ya había consumido dos whiskies. Gruesas bolsas caían bajo sus ojos otorgándole la apariencia de un viejo mapache. Se veía can­sado. Era diferente a todos los otros, no tan sólo porque no iba acompañado ni llevaba traje, sino también porque pare­cía encaminarse a otro mundo, a un lugar donde no quería que nadie lo siguiera. Sin apartar la mirada de su vaso, que sostenía con ambas manos, entrecerraba de tanto en tanto los ojos y murmuraba, como si le hablara a alguien alojado en el fondo de su ser. Un hombre entrado en carnes, de co­ronilla reluciente y gafas de montura de metal, echó a andar la Wurlitzer, y una música de trompetas inundó con sus sones el espacio.

Cuando terminé mi sándwich aún sentía hambre. Pero ya no tenía más dinero. De todas formas, mamá ya debía estar por llegar. Apoyé los codos sobre la mesa y mientras pensaba en mis cosas, me quedé mirando las botellas del bar suspendidas boca abajo que despedían destellos de colores. Mamá me había prometido que ese verano iríamos al sur a visitar a mi abuela. Allí la tierra era fértil, húmeda, y el aire frágil. Me gustaba soñar con ese paraje de árboles, sin polvo, y también en mi abuela, a quien no había conoci­do. A veces pensaba que tal vez ni uno ni otra existían de verdad, y que el “sur” era un lugar que tan sólo vivía en la imaginación de mi madre. Un sitio que la aguardaba y que, en medio de ese erial, le otorgaba un horizonte en donde posar la mirada sin perderse. Una suerte de letrero luminoso en medio de la carretera vacía que le señalaba la existencia de un sitio donde al fin podría reposar. Cuando alcé los ojos, el hombre de las largas pestañas estaba frente a mí. Su cuerpo se bamboleaba levemente.

—¿Te importa si me siento? —me preguntó. Su voz era suave. Yo levanté los hombros en un gesto de indiferencia, pero el hombre se sentó de todos modos.

—Puse “Volare” para ti en la Wurlitzer, ¿te gusta? —me preguntó.

—Sí —le respondí. Aunque a decir verdad era una can­ción que detestaba. Mi madre solía escucharla en su gramófono dando saltitos de codorniz con cara de estúpida.

Sentí su aliento a alcohol. Eludiendo su mirada, posé los ojos en el muro. Una bola plateada de luz lanzaba sobre él chispazos que se movían como hados. Intenté pensar en los árboles del sur que llevaban nombres como arrayanes, boldos, ulmos, alerces. El hombre acercó más su banquillo al mío. Ahora no sólo percibía su respiración, sino también el calor que desprendía su cuerpo, y aunque nadie me lo hubiera dicho, sabía que tenía una erección. Mis dedos tamborilearon en la superficie de la barra como signo de impaciencia. Hubiera querido conocer algún conjuro que esfumara a las personas, como yo solía desaparecer los pen­samientos que me dañaban. Pero lo que estaba ocurriendo no era parte de mi imaginación. Un hombre tenía su mano sobre la mía. De un salto me levanté. Pestañas también se alzó y cogiéndome por los hombros me dijo:

—Te gusta jugar, ¿eh?

Yo bajé los ojos. Me tomó de la barbilla y me obligó a mirarlo. Tenía miedo. Pero sobre todo, un sentimiento de pérdida. El hombre, con sus manos duras, me había traído a este lado de la vida. Y no me gustaba.

—Suéltela —oí que decía alguien con voz firme frente a nosotros en la barra. Era el explorador.

Pestañas lo miró con sorna, y sin liberarme, exclamó que no era asunto suyo. El explorador se levantó de su sitio. Debía medir al menos dos metros, y allá arriba, al final de su cuello, su rostro parecía perdido. Pestañas soltó mi barbilla, no antes de ceñirla con fuerza hasta hacerme daño. Me miró con desprecio, dio media vuelta y salió del bar. El explorador volvió a sentarse en su sitio, sin mirarme, y con una expresión ofuscada, pidió otro whisky. Hubiera querido agradecerle lo que había hecho por mí, pero en unos segundos había vuelto a sus cavilaciones.

Poco a poco el bar se fue vaciando. Hacía rato que mamá tendría que haberme recogido. Cerré los ojos y la llamé en silencio. Pero por alguna razón supe que no podía escucharme. Su imagen se había vuelto tan lejana como todo lo que me rodeaba: los últimos rostros abotagados por el alcohol, los sones apagados de la música y las luces que fulguraban apenas en la oscuridad.

—¿No crees que ya es hora de que te vayas a dormir? —escuché de pronto la voz del explorador.

No podía decirle la verdad. Me habría largado a llorar. Y no iba llorar frente a un extraño.

—Ya me iba —dije—. Tomé mi bolso de la escuela, me despedí del hombre con un gesto de la mano y salí del bar.

El mismo pianista de siempre tocaba solitario en un ex­tremo del lobby. Era un hombre entrado en años y sus ma­nos caían en el teclado como dos alas maltrechas incapaces de emprender el vuelo. Me senté en un mullido sillón y me hice un ovillo. La música me adormeció. No sé cuánto tiem­po había transcurrido cuando volví a escuchar su voz.

—Aún estás aquí —señaló el explorador, y se pasó ambas manos por el rostro con un gesto ofuscado. Suspiró hondo y agregó:

—Deberías estar durmiendo.

—Lo sé. Ya me iba —volví a decir.

—Te acompaño —punzó—. La próxima vez no quisiera encontrarte flotando en la piscina.

Sus palabras me sonaron lúgubres y sentí miedo. Por lo que el destino podía depararle a las personas sin ellas saberlo.

—Estoy en la habitación 1810 —mencioné, recordando lo que me había indicado mamá.

—El año de la Independencia —declaró él y soltó una risa seca que de alegre no tenía ni un ápice.

Subimos el ascensor en silencio. Profundas arrugas sur­caban los ojos claros y enrojecidos del explorador, y aunque se desplazaba con seguridad, sus movimientos eran lentos y cautelosos. Había bebido mucho.

—Yo también estoy en este piso —señaló cuando llega­mos a la planta dieciocho—. Te acompaño.

Hileras interminables de habitaciones serpenteaban a lo largo del pasillo y una canción de Cole Porter orquestada sonaba desde el techo. Me detuve frente al cuarto 1810 y toqué la puerta. Permanecimos algunos segundos frente a ella, pero nadie acudió a abrirla. Desde una habitación contigua alguien deslizó una mano y depositó en el suelo del pasillo una bandeja con restos de una cena.

—¿No tienes llave? —me preguntó. Volvía a tener la expresión nublada de antes, como si todo aquello se inter­pusiera en su camino de una forma en extremo molesta.

Yo negué con un gesto de la cabeza. Estaba cansada. Me apoyé contra el muro y me deslicé hasta el suelo. En el fon­do del corredor, se escucharon unos pasos.

—Puedo esperar. Mi madre está allí dentro —dije, y cerré los ojos.

El explorador exhaló un suspiro y se sentó a mi lado.

—No puedo llevarte a mi cuarto. Me acusarían de quién sabe qué.

Era extraño ver a un hombre de tales dimensiones en aquella posición: la espalda curva, las rodillas flexionadas, como un guerrero que desde un recodo del campo de ba­talla observa al enemigo aniquilar a sus camaradas. Perma­necimos así, silenciosos, en la penumbra. Ahora el propio Cole Porter cantaba “Begin the Beguine”. El explorador escuchaba sin decir palabra. Sentí frío. Como si un viento subterráneo hubiera de pronto agarrotado mis huesos y mis tejidos.

—Me llamo Gabriel, ¿y tú? —me preguntó.

—Nieves.

—Yuki —dijo. Su voz sonó resquebrajada, como si algo dentro de él estuviera marchitándose a pasos agigantados.

—¿Qué has dicho?

—Tienes el mismo nombre que la chica de una novela. Yuki. Nieve en japonés.

—¿Y termina bien?

—A quién le importa —dijo con brusquedad y calló. Tenía los codos apoyados en las rodillas, se cogió la cabeza con las manos y luego se pasó una de ellas con fuerza por la boca.

—No es necesario que te quedes aquí conmigo —le dije.

Me levanté y toqué una vez más a la puerta de mi madre con ambos puños. Puse el oído contra su superficie fría. El silencio al otro lado era oscuro, y daba tumbos, como los latidos de un corazón. Volví a sentarme.

—Lo siento, Nieves —dijo el explorador—. Es que tenía otros planes. Las cosas no han salido como deberían.

—¿Una chica? —me aventuré a preguntarle.

—De chicas tuve bastante en la vida —señaló con una sonrisa de ironía.

—Hablas en pasado.

—¿Sí?

—Dijiste “tuve”.

—Tal vez porque ya fueron suficientes.

—Pero hay otras cosas además del sexo —musité. Es lo que oía decir a las compañeras de trabajo de mamá.

Me miró sin sonreír y dijo:

—Tú qué sabes. —Y volvimos al silencio.

De una de las alcobas emergía un ruido seco, similar al de un martillo. Pero luego se apagó. Algunas luces blancas del techo temblaban, como si fueran a desvanecerse. Oímos las cuerdas del ascensor que montaban chirriando.

—Hace ocho días que no duermo —soltó de pronto.

—Ocho días es mucho tiempo —señalé.

—Trescientos noventa y dos horas exactamente. Y vein­tidós botellas de alcohol.

—Supongo que debes estar cansado.

—Muy cansado.

—Y quieres dormir.

—Sí. Eso quiero. Para siempre. —Un leve temblor re­corrió su rostro.

Aunque sólo podía verlos de soslayo, me pareció que sus ojos se habían convertido en hielo. Musitó algunas palabras que no llegué a entender. Y luego calló. Pensé que debía decir algo, romper ese silencio gélido que se había instalado alrededor de su cuerpo.

—¿Cómo puedes pensar en dormir para siempre si ni siquiera lo logras por algunas horas?

Soltó una risa dura que resonó en el pasillo.

—Hay muchas formas. No son cosas que te gustaría saber. Ni tampoco entender. Apoyó la mejilla en la palma de una de sus manos y cerró los ojos.

Desde el techo sonaba una melosa música orquestada.

—Lo entiendo —dije en un susurro.

Él levantó la cabeza y me miró. Había algo implorante en su mirada. Su cuerpo tembló. Luego escondió la cabeza entre sus manos.

No sé cómo, pero lo había entendido. Pensé que tal vez llevara un arma o una navaja en el bolsillo, o quizás éstas estuvieran aguardándolo en su alcoba. Pero mientras siguiéramos hablando, mientras él permaneciera a mi lado, el explorador no podría usarlas para terminar con su vida. Fue entonces que le hablé del sur, de la abuela, de sus perros que llevaban nombres rusos, de las hojas de los alerces que sonaban con la brisa al atardecer. Y aunque tenía miedo, aunque no sabía qué es lo que ocurría al otro lado de la puerta, ni por qué mamá no venía a recogerme, experimen­té una rara alegría, como si de pronto mi vida, hasta ese entonces intrascendente, hubiera descollado sobre las otras, con un sentido más grande que el de sí misma.

No sé en qué momento nos quedamos dormidos. Des­perté cuando una mujer emergió de un cuarto con unos zapatos de tacones en la mano y luego desapareció en un recodo del pasillo. Debía estar amaneciendo. El explorador seguía a mi lado. Me levanté de un salto y golpeé la puer­ta del cuarto de mamá con fuerza. Una y otra y otra vez, gritando su nombre, hasta que el explorador me tomó de ambos brazos y me detuvo. Dejé caer la cabeza en su pecho y él frotó torpemente mi espalda.

—Necesitamos un buen desayuno. Ya verás, después de un café caliente todo se verá mejor.

—Mamá no me permite tomar café —señalé, mientras me secaba las lágrimas con la manga de mi chaqueta.

—Lo que sea —masculló. Echó a andar hacia el ascensor y yo lo seguí.

Cuando bajamos al vestíbulo, había un alboroto. Al me­nos cinco uniformados cuestionaban a los huéspedes, y los botones iban y venían atolondrados, como pequeños animales prehistóricos. Una mujer gritaba histérica con un perro en los brazos, mientras un hombre de bigotillo engominado intentaba calmarla. El explorador me pidió que lo esperara y se acercó a uno de los conserjes. Mientras hablaron, el explorador no despegó sus ojos de mí. Presentí que algo muy malo había ocurrido. Al cabo de unos minutos volvió a mi lado y cogió mi mano.

En la esquina hay un café. Dice el conserje que hacen unos huevos revueltos espectaculares.

No me cuestioné en ese instante porqué no tomábamos desayuno en el hotel, ni tampoco la razón por la cual la expresión del explorador había cambiado. En sus rasgos toscos y cansados en lugar del hastío se había instalado un seño de preocupación y un dejo de humanidad. Sus ojos azules se posaban firmes en los míos, como si intentaran llegar al fondo de mi corazón. Mientras tomaba él su café y yo mi leche con chocolate, le pregunté por mamá. Desvió la mirada hacia la ventana, se llevó el dedo índice a la sien y lo movió, como intentando ajustar algo en su mollera. Transcurrieron algunos segundos y luego dijo:

—Nos vamos al Sur, donde tu abuela. ¿Te parece? Tu madre nos alcanzará en unos pocos días.

Antes del mediodía, sin equipaje ni preparativos, nos subimos al Impala blanco del explorador. Volví a preguntarle por mi madre y él volvió a decirme que ella pronto nos seguiría. Cuando salimos del pueblo miré hacia atrás: la gran torre del Hotel Delfín despuntaba en el horizonte. Me sentí mareada. Debí estar muy pálida porque el explorador aparcó el Impala a un costado de la autopista y me instó a bajar. Vomité en el borde de la calzada. Una brisa cortante soplaba sobre la explanada del desierto procedente del norte. En el fondo, los cerros se sumían en un profundo sueño.

Es posible que en alguna parte recóndita de mi ser, ya presintiera lo que había ocurrido. Mientras un último líquido viscoso salía de mi boca, volví a ver la figura elegante de mi madre desapareciendo tras las puertas del ascensor. Imaginé que alzaba el brazo, y que con una sonrisa se despedía de mí. Quizás ella ya sabía que el hombre anónimo con quien se había dado cita le daría muerte esa noche, que no estaría en la habitación 1810, la del año de la Independencia, sino en otra mucho más suntuosa, la del último piso, la que el tipo, bajo otro nombre, había reservado para ambos. Tal vez mi madre sabía que el explorador estaría allí y que sería él quien me llevara de vuelta al paraíso que ella había perdido. Cuando volvimos a arrancar, el desierto estaba recubierto por una gran tela que ondeaba levemente. Volví a mirar hacia atrás y el Hotel Delfín había desaparecido.

 

Carla Guelfenbein (Santiago de Chile, 1959) estudió biolo­gía en Essex University y diseño gráfico en el St. Martin’s School of Art en Londres. Es autora de las novelas El revés del alma, La mujer de mi vida, El resto es silencio y Nadar desnudas.


Hoteles de paso. Secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos (Cal y arena, 2014) —antología compilada por Juan Manuel Gómez— incluye cuentos de Barry Gifford, Alonso Cueto, Jennifer Clement, Alberto Ruy Sánchez, Guillermo Fadanelli, Carla Guelfenbein, Juan Carlos Bautista, Laura Emilia Pacheco, Juan José Rodríguez, Miriam Mabel Martínez, Ignacio Trejo Fuentes y Brenda Lozano.

 

 

2 comentarios en “Hacia el Sur

  1. Gran cuento, no hay un parrafo que no te mantenga expectante. Arrastra al lector hasta la profundidad de la miseria humana: amor, abandono y muerte