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No es obligatorio ni lo más frecuente, pero se agradece que un libro de cuentos evite llevarnos del tingo al tango sin ilación alguna. Los hay que unen sus piezas mediante la atmósfera en la que se desenvuelven; a otros los cohesiona un ámbito emocional; otros habitan un mismo humor o en similar espíritu nihilista; y entre muchos etcéteras más están los que comparten una temática, una metafísica o una preocupación determinada. A éstos pertenece Cuaderno de Hanói (2014), en donde el signo, el símbolo, el lenguaje, su expresión y la pobre humanidad de quien los usa, se engarzan en cinco piezas; cinco cuentos que sin ser introspectivos exploran diversas ambiciones escriturales a modo de alegorías del hombre común aventurado al difícil oficio de descifrarse a sí mismo y a su entono.

Ante todo, Cuaderno de Hanói es ligero y generoso, se lee sin contratiempos pretenciosos y de una sola sentada. Un libro apto para todo público, a menos que se lea de una manera ya en desuso: bien leído. En tal caso sí que es espinoso, complejo, hiriente, agresivo y desolador.

Hay claves autobiográficas. A fin de cuentas todo remite a la propia experiencia, pues todo es autobiográfico en alguna medida. Ya lo decía Antonio Machado en voz de su maestro Juan de Mairena: “lo más particular es lo más universal”. Podemos vislumbrar, sí, los datos de un mundo en el que el autor y, seguramente, el lector, hemos habitado: el de la ambición desaforada, la fantasía del hallazgo, las fobias y manías, la memoria, la catástrofe existencial.

Esta enumeración corresponde a la secuencia de los cuentos reunidos en Cuaderno de Hanói. El autor ha observado cómo el hombre gasta su vida en fantasías condenadas congénitamente al desastre; sin ánimos redentores ni sentimentalismos, es cruel con sus criaturas; afecto a la ironía como vuelta de tuerca y al humor ácido como expresión suprema de las emociones, las creencias, las tentativas, los humanos trabajos y días, sus personajes comparten la desolación de la búsqueda sin esperanza. Son seres que, condenados al fracaso, no eligen asumirlo como elemento vital: prefieren vivir desde el fracaso la rumia de sus obsesiones aniquiladas.

Nada que lamentar: el libro entretiene y en cierta forma deja un regusto a asunto ajeno. Un lector distraído no escuchará la advertencia, uno atento no reprochará la coincidencia. Esto porque la forma narrativa de Bugarini no es la de un buey arando, sino la de un caballo que galopa sobre enunciados impecables y un lenguaje pulcro, libre de efectismos, triquiñuelas o barroquismos de ninguna especie. Un simple buen narrar. No va a la caza de los retruécanos del lenguaje o de la narrativa: a ambos los conoce y los tutea. La obra de este autor, que a la fecha consta de tres novelas, un libro de ensayos, este libro de cuentos y uno de poesía, no muestra un solo desliz pretencioso.

Cuaderno de Hanói pasa ligero por los signos, lenguajes y seres que escriben. En el primero de los cuentos, “Formas de la novedad”, tenemos a un escritor al que no le basta el buen lugar que le ha dado la suerte y decide acometer la obra que le confiera la definitiva trascendencia. Todos queremos vencer a la muerte y desde esa ambición podemos caer en cualquier despropósito y extraviarnos definitivamente. En “Diatriba de Homero” damos con la ensoñación enmohecida de la originalidad, palabra que rima con ingenuidad. En “Reinaldo”, un hombre vive en comunicación con el cielo: no con Dios, sino con el manto azul que cobija y amenaza. En “Adolescencia en el metro” un hombre, desde un punto físico fijo, expande su lenguaje con las nubes, que son memoria y eco de una vida, mediante ondas concéntricas por las que deambula radialmente reconstruyendo su transcurso y su inmovilidad. “Cuaderno de Hanói”, cuento que cierra el libro y le da nombre al volumen, se aventura a lo extraordinario en cuanto a narrativa se refiere. Es, creo, un tributo a Joseph Conrad. No imitación, desde luego, pues Bugarini sabe que eso es imposible. El relato se divide en dos partes. En la primera tenemos la historia de un hombre de mar misterioso, indescifrable, revestido de la desolación propia de los personajes conradianos. En la segunda parte, mediante una estructura fragmentaria que va del aforismo al relato con aparente desorden, se completa ese hombre que, como sus notas, su cuaderno, sus preciosos misterios, sigue siendo un cajón cerrado ya comprensible.

Baste agregar que, para un lector avispado, este último cuento nos devuelve al primero, “Formas de la novedad”, y devela el curso entero del libro. Un libro ligero y fácil de leer, a la vez que críptico, cuyas claves acechan detrás de una prosa sencilla avocada a narrar fantasías entretenidas.

Luis Bugarini, Cuaderno de Hanói, Cuadrivio, 2014, 83 pp.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y Otras virtudes.