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En este texto Hugo García Michel narra la serie de sucesos a los que tuvo que enfrentarse para poder escribir y publicar su novela Matar por Ángela, que se presentará el 6 de mayo en el Centro Cultural Elena Garro

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¿Cómo nace una novela? ¿Cuál es proceso por medio del cual se gesta una obra literaria de este género? Como autor, uno podría inventarse una versión fantástica del modo como surgió una obra suya y hacer creer al lector que se encuentra frente a una especie de iluminado. Después de todo, ¿qué es en el fondo un escritor de ficción si no un gran embustero que cuenta mentiras en busca de hacerlas pasar por algo real?

En mi caso, como no se me da eso de inventarme a mí mismo y más que un escritor me considero un mero escribidor, trataré de contar en verídicas palabras cómo fue que surgió Matar por Ángela, mi primera novela publicada y que en este 2015 acaba de ser reeditada por el sello Lectorum.

Corría el año de 1994. En julio, yo acababa de recibir la pésima noticia de que la revista que dirigía, La Mosca en la Pared, tendría que desaparecer debido a su inviabilidad económica. Sólo seis números habían aparecido de la misma y no había logrado el éxito de ventas esperado. Apesadumbrado pero necesitado (no sólo se iba la revista, sino también mi sueldo), se me ocurrió proponer un libro de entrevistas de rock con los grupos mexicanos que en ese tiempo mayor fama disfrutaban. Acudí entonces a la editorial Planeta y hablé con Andrés Ramírez, a quien conocía desde que éste era un niño, cuando mi hermano, el cineasta Sergio García, y yo visitábamos la casa del padre de Andrés, el escritor José Agustín.

Mi propuesta fue aceptada y me di a la tarea de concertar las entrevistas con las cinco agrupaciones que elegí: Santa Sabina, Caifanes, Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Café Tacuba y El Tri. Para ello, acudí a una amiga fotógrafa que no sólo era muy buena en su profesión, sino que conocía a todos esos músicos y quien se encargaría de coordinar y concertar los citas con todos ellos. Por razones que se comprenderán más adelante, no puedo revelar el nombre de dicha artista de la lente (como se decía antes).

El caso es que hice las entrevistas, ella hizo las fotos y una vez reunido el material, conseguí que mi gran amigo de toda la vida, el músico y artista plástico Adolfo Cantú, me facilitara una de las computadoras Mac (¿recuerdan aquellos viejos modelos que eran como cajitas grises) que tenía en su oficina, a fin de transcribir mis charlas con los músicos entrevistados.

Como muchos sabrán, la transcripción puede convertirse en una labor cansada y tediosa. Entonces, cierto día se me ocurrió, a manera de distracción, ponerme a escribir y recrear una escena que había yo vivido durante una de las sesiones de entrevistas. Es aquí donde tengo que contar que mi amiga fotógrafa de nombre anónimo despertaba en mí algo más que una mera atracción y que me había enamorado profundamente de ella. Sin embargo, el sentimiento, ¡ay!, no era recíproco y aquel enamoramiento no correspondido empezó a aderezarse con uno de los peores sentimientos que pueden surgir en un ser humano: los celos. Para no hacerla larga, aquel día decidí verter literariamente mi situación de amor (hacia ella) y de odio (hacia los tipos con quienes salía) y fue así como empecé a escribir lo que con el paso de los meses se convertiría en mi novela Matar por Ángela.

El relato fue avanzando. La historia de un cuarentón llamado Humberto Gazca (el nombre no podía ser más obvio), quien se enamora enajenada y perdidamente de una joven quince años menor que él (a quien llamé, precisamente, Ángela) fue tomando forma y en algún momento, muy a la Patricia Highsmith, decidí que el personaje masculino (un reportero de temas musicales) se viera impelido a asesinar a quienes consideraba sus enemigos amorosos. Es todo lo que diré acerca de la trama principal de la novela, para no echársela a perder al potencial lector.

El libro quizá nunca hubiera sido terminado, de no ser porque, en 1997, la misma editorial Planeta convocó a un certamen para primera novela. Me dije que sería buena idea meter la mía al concurso y como había una fecha límite para entregarla, me di a la labor de terminarla.

El libro entró a la competencia… y no ganó. Sin embargo, no me di por vencido. En ese tiempo, yo era colaborador de la sección de cultura que dirigía Víctor Roura en El Financiero, con una columna llamada “Bajo presupuesto”. Ahí había conocido al escritor Eusebio Ruvalcaba y me atreví a pedirle que leyera mi texto. Lejos de mandarme al demonio, como yo temía, Eusebio aceptó generoso y me pidió un par de meses para leerla y darme su opinión. Pasado el plazo, me llamó y me citó en una cafetería de San Ángel, donde lo encontré al lado de una guapa mujer que resultaría ser la escritora Margarita Cerviño. Ambos habían leído mi novela y les había gustado mucho. Tanto que el buen Eusebio me recomendó con Sandro Cohen, por aquel entonces editor de Nueva Imagen. Cohen la leyó, la aprobó y sólo me pidió que le cambiara dos cosas: el título (tenía otro muy malito) y el final. Sabía decisión la suya. Le llevé una larga relación de posibles nombres (pésimos en su mayoría), pero eligió el que lleva hoy y así pasó a llamarse Matar por Ángela. En cuanto al final, creo que el que tiene hoy es infinitamente mejor que el que tenía. Todo parecía miel sobre hojuelas (horrible lugar común, lo sé), hasta que a punto de irse a la imprenta, Nueva Imagen tuvo un recorte de presupuesto y Sandro me avisó con pesar que no podría editarme.

Antes de que me sobreviniera la depresión, me recomendó con un amigo suyo, antiguo editor de Planeta, Jaime Aljure, quien acababa de fundar la pequeña editorial Sansores & Aljure. Era mi última esperanza y, helas!, al buen Jaime le gustó y a fines de 1998 al fin pudo ver la luz. A pesar de la escasa difusión que tuvo (dos o tres entrevistas, cuatro o cinco reseñas —la primera de ellas generosísima, por parte de don Federico Patán, en el suplemento cultural sábado que dirigía Huberto Bátiz en unomásuno), el libro se vendió bastante bien y pudo hacerlo más, de no ser porque un año después Sansores & Aljure desapareció y Matar por Ángela quedó en un limbo de 17 años en el que mucha gente me la solicitaba sin suerte. Hasta que el año pasado, a mediados de 2014, el poeta Fernando Fernández me puso en contacto con Porfirio Romo Lizárraga, propietario de la editorial Lectorum, quien accedió a publicarla de nuevo y aquí está otra vez, en los estantes de las librerías y esta vez con un apoyo y una difusión mucho mayores que en su primera vida.

Como se ve, debo mucho a la generosidad de diversos personajes (puedo agregar a José Agustín, a Sergio González Rodríguez, a Josefina Estrada, a Fedro Carlos Guillén, a Julieta Venegas, quienes también tuvieron que ver) para que mi novela esté al alcance de los lectores y añadiré los nombres de Ciro Gómez Leyva, Héctor de Mauleón y Julio Patán, quienes me acompañarán en la presentación.

 

 

2 comentarios en “Los avatares de Matar por Ángela

  1. Hugo García Michel, no me pierdo tus columnas en Milenio porque me hacen el rato agradable, pero este texto está aburrido y gris. No es culpa tuya; sino de tus editores. Ciao