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El libro más reciente de Jaime Bayly (Lima, 1965), La lluvia del tiempo, es una buena novela con tesis incompletas. Algunos escritores, dependiendo de las dificultades que la vida les impuso, lo que el mercado les exige o lo que sus lectores les ruegan, tienden a debatirse entre los extremos de hacer un texto para entretener o un libro para demostrar: la literatura puede ser una aproximación a la realidad, un marasmo que se queda estático para darle al lector un buen rato de lectura o ambas. Bayly ha escrito una novela entretenida que se queda corta (no por mucho) en sus hipótesis.

La historia narra la vida y carrera de Juan Balaguer, un exitoso periodista que recibe una llamada de una adolescente (Soraya Tudela) que clama ser la hija del candidato —y casi seguro ganador de las elecciones presidenciales— Alcides Tudela. No habría ningún problema de ser porque el candidato está casado, tiene una hija, las elecciones son en un mes y Juan Balaguer es amigo del candidato. A partir de ese hecho, que podría parecer intrascendente, Balaguer se ve envuelto en un juego de poder poco tétrico, con personajes coloridos y sin la dosis de oscuridad necesaria que comprometa a los personajes a transmutar en seres perversos o inhumanos.

La política es actuación, imagen, derroche, apuesta y sacrifico pero Bayly la pinta como juego, ritual y lividez. Alcides Tudela es un personaje gracioso y exagerado: los desplantes del candidato presidencial son tan asombrosos que lucen irreales, pues Tudela luce anticuado en su discurso y en su forma de actuar. El discurso del candidato es siempre alrededor de palabras como progreso, renovación, moral: a pesar de que Bayly nos cuenta que Tudela es el candidato puntero me resultó difícil creer que alguien de esas características pudiese serlo, pues la sobreactuación de Tudela es tan irrisoria que termina siendo impostada y difícilmente convincente para quien fuese a votar por él. Tudela abraza al pueblo peruano, abre las manos como Cristo, mira al cielo como redentor.

A lo largo de la novela existen arranques sumamente desafortunados del escritor por parodiar a la clase política y regañar al elector desinformado: Tudela asegura que la niña no es su hija, pero se niega a someterse a una prueba de ADN. Finalmente termina aceptándola como “hija simbólica” y ¡prometiéndole llevarla a Disneylandia!

En otro plano, Bayly comete un error al exagerar el papel de la televisión en la formación de una opinión y una imagen que seduzca al ciudadano. Es cierto que la televisión se ha convertido en una máquina irresponsable, sibilina y a veces hasta siniestra. Los medios de comunicación inflaman la mente de lector y escritor porque ahí, detrás de las cámaras, se entretejen los vericuetos del poder y se dan las manos sin maquillaje. Bayly acepta esta tesis y la plasma como único derrotero a seguir: no hay un papel importante de otros medios como la radio, los periódicos o el internet. La pretensión del escritor por implantar a la televisión como moderadora de todo el espacio público es incorrecta, pues la gama de actores mediáticos que participan en el proceso democrático no se circunscribe al estudio televisivo. La televisión pesa, pero Bayly parece olvidar el papel de otros medios de comunicación.

La novela de Bayly es un escenario televisivo donde la única regla es el desequilibrio: ganadores y perdedores parecen ubicarse indistintamente en diferentes sectores del estrado sin una clara gama de alianzas y enemistades. El ser humano es un crisol de complicidades, contradicciones y espacios donde amigos y contrincantes son espejos, cárceles y libertades: éste, y no otro, es el drama fundacional de nuestras batallas.

La sociedad peruana no juega papel alguno. Es como si los únicos actores del juego democrático fuesen los candidatos y los presentadores televisivos. Mala decisión aquella de Bayly de desdibujar o apenas insinuar el trasfondo social de unas elecciones: aun cuando la sociedad se encuentre en ruinas por el nulo interés que parece mostrar por la política, lo cierto es que existen grupos de presión que buscan nivelar la cancha aun cuando sus ruegos o súplicas no sean escuchadas.

Más allá de este error en el planteamiento de la novela, hay que agradecerle al escritor el intento por enseñarnos una pizca de la jerga local. Una muestra: “Mañoso candidato Alcides Tudela, conocido picaflor, enfrenta juicio de su excostilla por dejarla en bola y no querer firmar a su cachorra”. En general, Bayly maneja un lenguaje plano que a veces se desborda y se hace dúctil en busca de este tipo de estocadas. Es una pena que Bayly lo use de modo intermitente, pues esto le da mayor realce a la historia y un brillo muy particular. Los diálogos tienden a ser exagerados: demasiados gritos, poco comedimiento, muchas exclamaciones. Es una novela de vozarrones, huracanes, algarabía y sonidos guturales. Es frenética, electrizante y frondosa pero también incompleta, unidireccional y con pocos desdoblamientos.

Escribió Manuel Castells un pasaje que luce apabullante porque su peso no admite otras salidas más que el aplastamiento: “…yo diría que un sistema de poder que se basa sólo en la coacción es un poder débil, porque si una gran parte de las personas son capaces de pensar diferente y de atreverse a traducir en la práctica ese pensar diferente, ese poder coactivo acaba disolviéndose. Torturar los cuerpos es menos efectivo que modelar las mentes”. En esta frase podría resumirse lo que Bayly logró hacer a medias: los medios de comunicación no sugieren, no susurran, no proponen, sino que indican, señalan, inoculan.

Alcides Tudela representa un nuevo tipo de representante democrático basado en el rating, la fama y las luces. Es el gobernante interesado en la sonrisa, la corbata perfecta, la primera dama incólume, la actuación, el segundo aire, en ser visto como el ser que nunca ha tocado el pantano. Bayly logra una novela entretenida que busca encontrar la bisagra de un tema actual y abrir la puerta, pero se encuentra ante un compartimento lleno de agua y con poco espacio para respirar o explorar otras zonas.

La lluvia del tiempo enfoca bien las caras pero atraviesa mal las mentes: se queda como una fotografía en blanco y negro cuando tenía vocación de largometraje.


Jaime Bayly, La lluvia del tiempo, Alfaguara, México D.F., 2014, 408 pp.